UN CLICK, UN VOTO

 

Fue Obama el personaje político que lanzó a la fama las redes sociales en la gestión política. En España, desde las elecciones de 2007, hemos asistido a una gran revolución en este sector, comprobando que a día de hoy los partidos políticos apuestan por el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Se acercan en España diversas citas electorales, autonómicas, municipales y generales, que han disparado el uso y acceso de los políticos a redes como facebook, twitter, linkedin, myspace, blogs, etc.

Patxi López mantiene contacto con la ciudadanía a través de una página web actualizada, interactiva y accesible. José Luis Rodríguez Zapatero dispone de un canal de Youtube a través del cual, el próximo 27 de abril de 2011, contestará a las preguntas de los internautas. Esperanza Aguirre participa activamente en la red a través de su cuenta de twitter, junto con su compañero de equipo, Alberto Ruiz Gallardón. Jose María Barreda y Mª Dolores de Cospedal contestan a su contrincante político a través de su blog de campaña.

Y éstos son sólo los ejemplos más sonados de una manera de entender la comunicación política que llega hasta las bases de los partidos políticos. Para la esfera política, las redes sociales se han convertido en una herramienta para conocer a los candidatos y mantener un contacto directo, difundir sus idearios y programas electorales, emitir actos en tiempo real y disponer de resultados previos a los canales oficiales.

A pesar del color político, comparten con frecuencia un error: la mala gestión de los tiempos. La mayoría de los candidatos deciden presentar su página web, actualizarla, o incluso, crear un perfil en una red social, a tan sólo dos meses de la celebración de las elecciones. De esta manera, se pierde la posibilidad de usar el canal para una interacción real y continua entre representantes y representados.

Las estrategias electorales 2.0 deberían estructurarse en torno a una visión a largo plazo, que permita establecer el vínculo necesario con los votantes. Nos olvidamos que funcionan también en el online las lecciones del offline: la comunicación de “lluvia fina” es más sutil y de mayor calado si se hace con constancia.

 

 

 

YIN YANG POLÍTICO EN JAPÓN: TATEMAE

Sin prisa, pero sin pausa. Así ha actuado la población japonesa ante el desastre que han sufrido, pero Japón no sólo ha sufrido un terremoto, un tsunami, sino que también está siendo víctima de una ola de especulaciones relacionadas con los acontecimientos acaecidos a raíz de la catástrofe nuclear.

El gobierno japonés también ha hecho prevalecer la calma sobre la veracidad informativa; sin embargo, esta calma se ha roto por las constantes críticas de la prensa que, conocedora de la realidad, ha demandado transparencia y seriedad a la clase política. El gobierno, aferrado al tatemae para blanquear o suavizar la información sobre los riesgos que corre el país, se ha encontrado con un país rebelado ante su propia cultura.

 

La cultura japonesa se asienta sobre conceptos duales, entre los que encontramos el honne y tatemae (interior y fachada). Desde la antigüedad, los japoneses piensan una realidad que habitualmente silencian (honne) y expresan otra “políticamente correcta” (tatemae).

Decir la verdad resulta, en muchos contextos, descortés y los ciudadanos aprenden desde su infancia a desarrollar el honne y el tatemae. Estas reglas de comportamiento encuentran su base en la ética confuciana, por ello prevalece la integridad del grupo por encima del individuo, se evitan las malas noticias y se respetan al máximo las normas establecidas.

 

Desde una óptica occidental no se comprende que esta manera de hacer política haya sobrevivido durante siglos, pero en Japón la armonía del conjunto es una virtud casi sagrada.  Por eso, para evitar una opinión pública desencantada, no se expresan los pensamientos propios de forma directa. Así, el tatemae es una garantía de éxito en las relaciones sociales, ya sean personales, familiares o empresariales.

Ya lo dijo Jack Nicholson en “Algunos hombres buenos”: No puedes manipular la verdad. Esta frase la debería haber tenido en cuenta el gobierno japonés a la hora de gestionar la crisis nuclear, tan fuerte que ni siquiera la tradición ha sobrevivido.

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